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Lo que hace tres décadas era una tradición mística iluminada por una sola bombilla en destilerías familiares, hoy se ha transformado en una maquinaria económica global. Sin embargo, el “boom” del mezcal, que ha conquistado los bares más exclusivos de Estados Unidos y Europa, está dejando una cicatriz profunda en el ecosistema de Oaxaca: la pérdida de más de 34 mil hectáreas de bosques en los últimos 27 años.
De la tradición al monocultivo industrial
La demanda internacional ha disparado la producción de un millón de litros en 2010 a más de 11 millones en 2024, según el Consejo Mexicano Regulador de la Calidad del Mezcal (Comercam). Este crecimiento exponencial ha empujado a los productores a sustituir selvas bajas, bosques de pino y encino, y tierras de cultivo tradicional (milpa) por plantaciones masivas de agave espadín.
Un estudio liderado por el ingeniero forestal Rufino Sandoval-García, de la Universidad Tecnológica de los Valles Centrales de Oaxaca, revela que las plantaciones de agave se han expandido un 400% en tres décadas. Esta transición no es gratuita: la deforestación está acelerando la erosión del suelo y reduciendo la captura de carbono en más de 4 millones de toneladas anuales, además de generar “islas de calor” en zonas que antes gozaban de un equilibrio climático natural.
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Sed de agua y residuos tóxicos
El impacto ambiental va más allá de la tala. La producción de un solo litro de mezcal requiere al menos 10 litros de agua para fermentación y destilación, un recurso cada vez más escaso en una entidad que sufrió en 2024 su peor sequía en una década. A esto se suma el vertido de vinazas (residuos ácidos) y bagazo en los ríos sin tratamiento previo, contaminando las fuentes de agua de las comunidades río abajo.
Incluso el proceso de cocción de las piñas de agave contribuye al daño, pues la enorme cantidad de leña necesaria para alimentar los hornos procede, en gran medida, de la tala ilegal. Productores locales, como Félix Monterrosa de la marca Cuish, lamentan que el sistema industrial haya desplazado la rotación de cultivos ancestral, donde el maíz y el frijol convivían con el maguey, manteniendo la salud del suelo.
El dilema: Sustento o supervivencia ecológica
Para comunidades marginadas como San Luis del Río, donde operan marcas impulsadas por celebridades como Bryan Cranston y Aaron Paul, el mezcal es un salvavidas económico. “Sabemos que afecta, pero tenemos que buscar el sustento”, confiesa Luis Cruz Velasco, productor local. La falta de incentivos gubernamentales y la burocracia de la Semarnat han llevado a muchas comunidades a deforestar sin permisos para satisfacer los contratos de grandes trasnacionales.
Mientras el mezcal sigue posicionándose como el “elíxir” de moda en Occidente, Oaxaca enfrenta el reto de regular una industria que amenaza con devorar el mismo entorno que le dio origen. La sostenibilidad del mezcal ya no es solo una etiqueta de marketing, sino una urgencia vital para que el monte no se quede en silencio.


